martes, 6 de diciembre de 2016

La cruda y apasionada defensa de la Verdad , de Juan M. de Prada



Tal vez porque estamos en época de  muda, siembra y abono,  nos permitimos, una vez mas, hacernos eco de un articulo cruda y ferozmente apasionado,  contra la hipocresía, el resentimiento o la perversión humana, y por ello cargado de esperanza, escrito por nuestro admirado escritor Juan Manuel de Prada.

 









 Titulado  "Vuelve Gibson. "  (XLSEMANAL)


Si mañana resucitase Plutarco y se ofreciese a escribir mi biografía, sólo le pediría que escribiese de forma paralela la de Mel Gibson, un artista como la copa de un pino, un carca glorioso, un macho alfa sin parangón en el globo terráqueo, un genio desembridado y sufriente al que han intentado mil veces crucificar.
Pero Gibson cuenta con un Dios que sabe cómo salir de la tumba; y, aunque le lluevan ostias hasta en el carné de identidad, se levanta una y otra vez, viril y tumefacto, carcajeándose de todos los boquimuelles de la corrección política, meándose encima de todos los moderaditos de corazón duro y polla blanda que ponen el grito en el cielo cada vez que Gibson suelta una procacidad o un improperio. Va por vosotros este artículo, patulea.
Cuando ya parecía muerto y enterrado, vuelve Mel Gibson a la dirección con Hasta el último hombre (Hacksaw Ridge), una película que mientras escribo estas líneas aún no he visto; pero ni siquiera necesito verla para intuir (¡para saber!) que será grandiosa, porque Gibson guarda en el pecho la llama del arte, que ninguno de esos mequetrefes que lo detestan podrá apagar jamás. Mel Gibson está inspirado por Dios, alumbrado y calcinado por Dios; y aunque lo hayáis relegado al ostracismo, aunque lo hayáis metido en todas vuestras apestosas listas negras, aunque  hayáis conseguido que las masas cretinizadas abominen de su figura y lo tachen de machista, racista y no sé cuántas chuminadas más nunca podréis acallar su genio, que es como un magma ardiente que anega vuestra insignificancia de mingafrías, vuestra inepcia de eunucos que saben cómo se hace pero no pueden hacerlo.
Y Gibson, que sabe cómo se hace y puede hacerlo con la misma facilidad con que se tira un pedo, os va a golpear de nuevo con su arte hiperbólico de león rugiente que jamás podréis domesticar, con su desmesura épica y su arrogancia de cisne negro que levanta majestuoso el vuelo cuando ya creíais que lo habíais derrotado. Tendréis que inclinar vuestra testuz de bueyes capones ante la apoteosis de este toro salvaje que brama y embiste; tendréis que morderos los lagrimones de la rabia y la impotencia, mientras os coméis atildadamente vuestra ración de alfalfa posmoderna, mientras seguís escudriñando las cagarrutas del arte anémico, asténico y sistémico que habéis entronizado. Y veréis de nuevo el humo de las ofrendas de Gibson alzarse orgulloso hasta el cielo, como Caín veía el humo de las ofrendas de Abel, mientras os corroe la envidia.
Nunca pudisteis perdonarle que fuera un católico acérrimo, de los que rezan en latín y follan a chorro libre; nunca pudisteis soportar su versión salvaje de la Pasión de Cristo, cuyos fotogramas caían sobre vuestra alma lechuguina y bardaje como el agua bendita cae sobre la piel del poseso; nunca pudisteis tolerar que se atreviera a filmar una película tan aguerrida y desorbitada, tan crudamente humana, tan desvergonzadamente divina. ¡Estabais tan cómodos y satisfechos con ese catolicismo meapilas y sentimentaloide, almibarado y mansurrón, que predican los curas modositos!
Y justo cuando parecía que la batalla la teníais ganada llegó aquella película terrible, aquel insulto a vuestro humanismo sin Dios, aquel chafarrinón de sangre eucarística cayendo sobre vuestro traje de domingo sin misa. Pusisteis entonces a funcionar vuestra máquina de fango sobre aquel australiano integrista y macho; y como el australiano era, además, turbulento y asaltacamas, colérico y borrachuzo, conseguisteis convertirlo en un apestado ante los ojos del mundo, incluidos los ojos de muchos católicos puritanos que han olvidado que Dios se regocija llevando sobre sus hombros a la oveja descarriada que llora y pide perdón por sus pecados.
Pero mientras el apestado Gibson era escarnecido y vituperado, mientras caía por los despeñaderos del descrédito y la ignominia, mientras todos los cretinos del planeta arrojaban paletadas de tierra, escándalo y olvido sobre el maldito que había osado proferir tantas blasfemias contra la religión de la corrección política, Dios seguía inspirándolo, alumbrándolo, calcinándolo con su beso de amante y de padre. Y aquí lo tenéis de nuevo, raza de víboras, redimido en la sangre del Cordero y dispuesto a seguir aturdiéndoos con su arte sin parangón, su arte hiriente y montaraz como un látigo de fuego.

Y, además de estrenar película, Mel Gibson anuncia que está preparando una continuación de la Pasión, para celebrar que cree en un Dios que sabe salir de la tumba, y también sacar de ella a los apestados que el mundo entierra. Preparaos, patulea, porque vuelve Gibson, y os va a partir la jeta a pollazos

viernes, 25 de noviembre de 2016

PREVERDAD: una esperanza social, de Juan M. de Prada

 
Siempre hemos confesado nuestra admiración y reconocimiento del escritor y maestro Juan Manuel de Prada, "rara especie de nuestro tiempo" por su coraje y su heroica costumbre de ir contracorriente defendiendo valores humanos eternos y universales, asímismo por su profunda percepción de la realidad, que tanto nos ilumina a muchos, lo que siempre es una esperanza.
Es por eso que nos permitimos, una vez mas, utilizar esta pequeña ventana para hacernos eco de sus palabras, con este articulo suyo que compartimos cien por cien.
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PREVERDAD, por Juan Manuel de Prada

Anda el progresismo mundialista llorando por las esquinas, incapaz de explicarse los sobresaltos últimos que le han deparado las urnas. Y, en su desconcierto y confusión, han creado un palabro nuevo, "post-truth" o “posverdad”, con el que pretenden nombrar “circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”.
Vemos en esta definición grotesca cómo el mundialismo confunde “hechos objetivos” con su particular cosmovisión, que ha logrado imponer sobre las masas cretinizadas mediante el control de los medios de comunicación y la propaganda sistémica. Pero que el mundialismo haya logrado apacentar a tal multitud de cretinos no significa que sus falsos dogmas sean “hechos objetivos”.

 La cosmovisión mundialista no es, en realidad, sino una elaboración delicuescente del “Non Serviam”, cuyo fin último es la negación de la naturaleza humana; y, para lograr ese fin, el mundialismo enuncia diversos “dogmas”, que se despliegan al modo de una niebla, oscureciendo la realidad de las cosas y borrando de las conciencias todo atisbo de sentido común (que, a fin de cuentas, es una impronta divina). Para lograr más plenamente este objetivo, el mundialismo ha establecido la dictadura de lo “políticamente correcto”; y, como último recurso disuasorio, ha establecido también delitos de opinión en materias especialmente sensibles (homosexualismo, teorías de género, etcétera) que intimiden al díscolo. Y, en verdad, la intimidación ha logrado resultados espectaculares.
Tan espectaculares que el mundialismo ha logrado imponer sus “dogmas” dementes como si, en efecto, fuesen “hechos objetivos”, tanto entre los ufanos progres de izquierdas como entre los genuflexos progres de derechas. Y, ganada la batalla cultural, el mundialismo se ha dormido en los laureles del triunfo, conformándose con estigmatizar a los díscolos ruidosos, a los que caracterizó como palurdos sin estudios universitarios, destripaterrones, carcas nostálgicos de la Edad Media, etcétera; gentuza, en fin, “deplorable” (la bruja Hilaria dixit) que poco a poco se irá extinguiendo.

 En cambio, el mundialismo descuidó a los díscolos silenciosos, sin entender que su prepotencia estaban generando una reacción subterránea entre muchas gentes que callan por temor a ser estigmatizadas, pero que no están dispuestas a comulgar con las ruedas de molino de la llamada “opinión pública”, que se mantienen leales a una verdad hostigada y perseguida, que se aferran clandestinamente a los vestigios del prohibido sentido común. Gentes hartas de libertades excéntricas que añoran cosas tan sencillas y elementales como formar una familia, educar a sus hijos sin perversas colonizaciones ideológicas o alcanzar una paz fundada en la justicia.

Y estas gentes que callan, por prudencia o cobardía, ante el matonismo de la propaganda sistémica, que fingen adherirse a los falsos “dogmas” impuestos a través de leyes inicuas, que se refugian mohínas en sus casas cuando suenan las fanfarrias orgullosas del mundialismo, todavía no se atreven a salir del armario; pero ya se atreven a expresar su queja ante una urna. No responden a “llamamientos a la emoción y a la creencia personal”, como pretende el palabro progre, sino al llamamiento de la naturaleza y del sentido común, que el mundialismo ha pretendido en vano borrar de sus conciencias. Son hombres y mujeres corrientes que se resisten a entregar su alma y a dimitir de su raciocinio; son portadores de una “preverdad” que es la única esperanza que le resta a este podrido mundo

(ABC, 21 de noviembre de 2016)

sábado, 19 de noviembre de 2016

El peligro de los "pasos de cebra" en España






Continuando el periplo por nuestra dolorida Hispania, haciendo honor a nuestro admirado maestro Don Quijote y tratando de seguir las leyes de la caballería andante y sus palabras:
El de deshacer entuertos, prodigar el bien y evitar el mal. Huyo de la vida regalada, de la ambición y la hipocresía, y busco para mi propia gloria la senda más angosta y difícil. ¿Es eso, de tonto y mentecato?

Hoy nos encontramos en nuestro camino con un nuevo enemigo, tal vez "molino de viento".
 En este caso nos referimos a "los pasos de cebra", buenos en si mismos, pero como todo: en su justa medida y proporción. 
Y es que los políticos en su afán por manipular la vida social y del votante, han creado una falsa seguridad, sembrado de pasos de cebra nuestras ciudades y lo más peligroso: algunas carreteras de alta velocidad, de tal modo que a menudo más que lugares seguros de paso de peatones recuerdan a veces a minas anti-persona

  Por ejemplo hay calles como la de Sainz de baranda en Madrid, donde en un tramo de unos 300 metros existen más de 50 pasos de cebra (uno cada 8 metros), muchos de ellos sin visibilidad hasta llegar al mismo, a todo ello hay que sumar la costumbre de aparcar grandes vehículos bordeando los mismos lo que impide la visibilidad del conductor del vehículo que transita.
Y lo más grave, existe la costumbre casi generalizada de los peatones en nuestro país, de pasar sin mirar y tirarse de cabeza cual "línea de meta de atletismo," en cuanto ven un paso de cebra, tal vez porque la hipertrofia de derechos y ausencia de deberes inoculada por el poder politico, ha rebajado la responsabilidad personal o lo que es lo mismo la inmunidad social a niveles mínimos y ello genera per-se un problema y peligro social.
La realidad por desgracia nos dice que no se trata de "molinos de viento", pues son numerosos los casos de atropellos que nos llegan a nuestras consultas medicas con graves repercusiones personales y sociales .

Todo ello hace que a menudo circular en vehículo por Hispania, esquivando los pasos de cebra se convierta a veces más en ardua tarea "para eludir safaris".
A esto hay que sumar el caso frecuente en algunas poblaciones, donde se añade la elevación desorbitada del nivel de la calzada en los mismos pasos de cebra, para gran alegría de los talleres coches de cambio de amortiguadores, asemejando entonces el recorrido en vehículo también al del "salto con pértiga."
 Pero como diría nuestro querido maestro Don Quijote: nada es malo ni negativo totalmente, pues el hecho cierto es que los pasos de cebra significan por si mismos, también respeto y  revaloración social del ser humano, en este caso del mas débil: el peatón. 
Solo hay que visitar otros países como Italia y ciudades como Roma donde cruzar un paso de cebra es jugarse la vida literalmente a la ruleta rusa y los minusválidos no parecen existir  siguiendo la ley de la selva.
Lástima que en nuestro país, detrás de todo ello se encuentre tambien y sobre todo: el maquillaje social, pues lo cierto es que los atropellos de peatones a menudo acaban con impunidad del conductor, incluso aunque este vaya beodo, pues la otra cara de la Ley, hoy en dia en nuestro pais,  es la ausencia de eficacia y su no aplicacion.